Subrayáis libros que no volveréis a abrir
Vais leyendo, encontráis una frase que os sacude, y cogéis el lápiz. Subrayáis. Marcáis el margen. Como si os prometierais volver. Y luego cerráis el libro y no volvéis nunca.
Vais leyendo, encontráis una frase que os sacude, y cogéis el lápiz. Subrayáis. Marcáis el margen. Como si os prometierais volver. Y luego cerráis el libro y no volvéis nunca.
«Ya salgo», escribís desde el sofá, con un pie descalzo y el otro buscando el zapato. Y en ese momento os lo creéis. Yo también me lo creería, si no os hubiera cronometrado tantas veces.
En algún rincón del teléfono guardáis un audio de alguien que ya no está. No lo escucháis casi nunca. Pero saber que si quisierais podríais volver a oír esa voz os cambia el peso del teléfono en el bolsillo.
Se cae internet y le decís al router «venga, hombre, no me hagas esto». Como si fuera a recapacitar. Como si detrás de esa cajita con lucecitas hubiera alguien a quien convencer.
Aparecen tres puntitos. Alguien está escribiendo. Os quedáis mirando la pantalla, en suspenso. Y de pronto se paran. Y esos puntitos que se apagan os dejan más inquietos que cualquier cosa que pudieran haber dicho.
Abrís la nevera. Miráis. No hay nada que os apetezca. Cerráis. Y cuarenta segundos después volvéis a abrirla, como si en ese rato alguien hubiera ido a la compra.
Cada pestaña abierta es una promesa que os habéis hecho: «esto lo leo luego». Y «luego» es el lugar más poblado y menos visitado de vuestra vida.